PortugueseSpanishEnglish

Crônicas

 

Imprimir imprimir Enviar para um amigo envia para un amigo

"Ay Ay Ay"
Autor: John Heisel
Ano: 2002
 
Ai ai ai Ironman!
Time: 12:54:17

“Ay ay ay”, pensé mientras me acurrucaba en la horda de amadores esperando por el inicio de mi primero Ironman en Florianópolis, Brasil. Persistiendo entre un sol del amanecer y un destello de un arco iris, mi corazón empezó a acelerar. Centenas de triatletas, de 24 diferentes países, se juntaron en la arena blanca y suave de Santa Catarina. Desde Zimbabwe a Australia, vinieron para 140 millas de natación, ciclismo y carrera.

Mi entrenamiento para el Ironman Brasil en realidad empezó 8 meses antes, cuando apreté el botón ACCEPT en la Internet y envié mi pago para el evento épico. Fue el tratamiento para superar un tobillo torcido en un evento Half Ironman en septiembre de 2001, que me dejó con un DNF (no concluido) y una semana en muletas. Suscribirme para el evento me dio un objetivo, el mayor para que ya hubiera entrenado en mi vida. Corrí un maratón en febrero y dediqué horas incontables en la preparación para el 25 de mayo de 2002.

Sin embargo, no había probado mar abierto en 9 meses. Mientras me movía nerviosamente en la playa y miraba a las grandes boyas un kilómetro lejos del inicio, mi mente tarareaba a un tono incierto. La pistola disparó y arreamos para el agua para empezar nuestra prueba de Ultra distancia. El agua estaba calmante a 70 grados Fahrenheit. La típica saga del triatlón, brazos, piernas y cuerpos luchando por un espacio en mar abierto. Aunque ya se fueron meses desde que practiqué visualización, me ocurrió. “Tire, respire, tire, respire, mire” se convirtió en mi mantra mientras las boyas pasaban y bebí algunos sorbos de agua salada. En la mitad del trayecto de natación, mientras nadaba de pecho para visualización, el músculo de mi pantorrilla izquierda prendió como el pico de un cuervo en carcaza fresca de un animal. Buscando un masaje, el músculo pulsador parecía una piedra. Floté en mi espalda por algunas brazadas y dé puntapiés en dirección al gran cielo azul para soltar mi pierna. Un presagio cruel para el extenso día adelante. Viramos la última boya mientras yo daba puntapiés en mi antebrazo y cruzaba en dirección a la playa. Dé las bienvenidas a la corriente que me empujaba hacia la arena blanca y suave y las hordas de espectadores y brasileños chillando. Saliendo del agua a 1:07, estaba satisfecho, pero el día todavía era un niño.

Diversos voluntarios me saludaron y me dijeron para acostarme. Ellos arrancaron mi traje isotérmico como un plátano pelado y corrí para la tienda de transición. Sacando mi bolsa, me puso los ítems esenciales, enganché mi bicicleta y salté a la estrada, donde pude rodar en la máquina de 2 ruedas. También había desatendido a la práctica de calzar mis zapatos mientras iba en mi bici, regateando a través del público esquivé un estropeo o dos y por fin me uní a la bicicleta.

Después de un descenso, ¿giré para un baño portátil y un ciclista gritó para mí en alta velocidad casi no regateando mi neumático trasero? ¡Ay ay ay! Mi estómago empezó a sentirse incomodado cerca de la 20a milla. Todavía estaba resoplando y escupiendo agua salada del nado. Mi ritmo había sido constante. En el fundo de mi mente, jugué con la idea de posiblemente calificarme para el Ironman Hawaii. Mi fantasía rápidamente se desmontó alrededor de la milla 30. Mientras rodaba en el centro de Florianópolis, la realidad me golpeó mientras consideraba las otras 80 millas de ciclismo y 26,2 de carrera. Decidí concentrarme en la supervivencia.

Las estaciones de ayuda fueron un alivio espléndido para las millas arduas y el piso áspero. Después de salir de una estación, grité: “Obrigado a todos!” (gracias a todos). Los más de 20 voluntarios aplaudían y instaban al “Gringo” para continuar. Los brasileños son tan amigables y saben como vivir la vida (esta es la razón por la cual me casé con una brasileña). Su conducta afectuosa y feliz es refrescante y las estaciones de ayuda eran muy características de Brasil, con la calidez de familias, amigos y festividades. Los niños formaban colas en las calles de Canavieras y gritaban por nuestras botellas de agua. De primero entregaba mis botellas vacías con facilidad. Empecé un juego después del punto mediano que consistía en jugar cada botella al cielo para que los niños luchasen por ella. Ellos saltaban y gritaban a plenos pulmones por las botellas.

En la segunda vuelta, percibí que mi velocidad empezaba a disminuir, y mi neumático disminuía con la presión. Me retiré para la sombra y examiné mi fiera herida. En realidad, el neumático había perdido aire. Ignorantemente, decidí hacer un reparo rápido (¡todavía tenia 50 millas para recorrer!) y lo llené con mi mini-bomba. Un oficial de la policía Federal vino para protegerme en el mediano solitario del centro de Florianópolis, y ofreció asistencia. Él retuvo mi asiento mientras yo débilmente añadía un poco de presión al neumático. Cogí mi bici, recorrí la calle por algunos clics y paré para usar una bomba de piso de un mecánico de la ruta que había parado en la pista. Negocié mi cansado portugués para describir mi válvula Presta y el voluntario amigable empezó a añadir aire a mi neumático. Mi reparo rápido falló 20 millas adelante, cuando una colina épica me miró de cima para bajo. Sintiendo la llanta empezar a machacar el pavimento, paré próximo a un oficial de policía. Desdichadamente, paré enfrente a un restaurante y fui pululado por cuestiones de dos nativos. Ellos estaban pasmados con la velocidad del CO2 que inflaba mi nuevo neumático en segundos. Me sentí como un mágico de una tierra extranjera. Apacigüé un nativo al ofrecerlo mi neumático perforado como un regalo y una de mis botellas drenadas de agua. Un oficial de la carrera se aproximó, inspeccionó mi bicicleta y me empujó en mi camino.

En las primeras dos millas, pasé enfrente a mi esposa, Bia, a quien saludé con ojos cansados. “Usted me parece tan vigoroso, está saliéndose muy bien”, me dijo con una sonrisa tranquilizadora que cargó mi motor y me motivó a buscar la línea de llegada. Ella corrió un poco, y entonces andamos. Dejándola hacia atrás, recuperé mi ritmo y continué: muévase, respire, coma, beba.

El sol bajaba en el horizonte mientras yo consideraba las muchas millas de oscuridad que se extendía enfrente. Afortunadamente, una luna llena saludó el cielo oscureciendo mientras me torné pegado entre el fulcro del atardecer y el nacer de la luna. El recorrido de la carrera era una ruta circular que daba vueltas alrededor de una península y regresaba al mismo recorrido.

Continué y zigzagueé a través de una pandilla de niños pidiendo por mi sombrero. Les dije a ellos que lo necesitaba en un portugués desaliñado y continué. Ellos rieron de mí y hicieron chistes acerca de mí después que pasé. Por supuesto no era nada de nuevo. En mis cinco visitas a Brasil, gané diversos apodos, incluyendo “Magrão” (flaco), Gringo, João, Jão, y Johnzinho. Humildad es la clave en una tierra extranjera, donde soy más alto y mucho más flaco que el nativo típico. Siempre me hace feliz alegrar a los brasileños e incluso yo digo frases o palabras incorrectamente por veces para chispar risas.

Alcancé las bolsas de Necesidades Especiales y inhalé ansiosamente mi caja de agua de coco, dé algunas mordidas en el bolo de frutas y continué. Caminé con un hombre de Los Angeles, que tenía problemas de estómago, por un tiempo. Apresuradamente cuando salí e intenté alegrarlo, “Ándale, hombre, ¡cerveza helada en el final!”, percibí inmediatamente que cerveza probablemente era la última cosa en que el hombre querría pensar mientras sofría del “Mala Bebida del Ironman.”

En aquel instante, a 18 millas en la carrera, el campo de corredores estaba radicalmente extendido. Me acuerdo de momentos en la estrada solitaria donde no podía ver nadie enfrente o atrás. Eran yo, las luces de la calle y unos pocos nativos viendo los fanáticos por resistencia restantes en su situación apremiante hacia el final. Mi técnica de supervivencia era la misma de los dos maratones que había corrido anteriormente: contar exhalaciones desde 1 a 100, después repetir el mantra. Las estaciones de ayuda me salvaron mientras era consistentemente saludado por brasileños felices que me aplaudían hacia mi final. Pasé por un grupo de voluntarios y grité “GOOOOOOOOL” mientras ellos reían y me aplaudían.

Con tres millas a recorrer, pasé enfrente a nuestro hotel y fui saludado por mi suegra, Gloria. “Vamos la, Joao”, ella gritó y aplaudió. ¡Estaba tan contente en ver un rostro familiar! Había sido realmente una tarea para hacer de mi Ironman Brasil una realidad y era muy grato a todos que me habían ayudado. Gloria había conducido por siete horas para llevarme de su ciudad natal de Porto Alegre y me alimentó con una plétora de frutas, vegetales y carnes de Brasil para prepararme para el día de la carrera. Bia había tolerado varios fines de semana mientras yo trabajaba en largos paseos y carreras sin ella. El Ironman Brasil definitivamente era la mayor meta para la cual ya hubiera entrenado. Exigía un cambio en el estilo de vida. Cambié mi dieta y concentré meses en trabajo, entrenamiento, tiempo con Bia en el constante malabarismo para prepararme para el día mágico en la isla de Florianópolis.

Bebí un poco más de Coca Cola y dé puntapiés en mis tobillos. Una lágrima cayó en mi rostro salado cuando percibí el cuanto amaba Bia y quería verla al final. Carreras de Resistencia siempre juegan con mis emociones en las horas finales, cuando el cuerpo es empujado a su máximo, recurriendo a sus reservas. Dos chicos que hablaban español corrieron conmigo en las dos últimas millas. Sus pies pesados contra el pavimento eran un aviso constante para mantener mi forma. Dije pocas palabras a ellos en primero, después yo tuve de decirlos que no podría hablar mientras mi sufrimiento continuaba. Las últimas millas de un maratón siempre son las más difíciles para mí. Después de ir tan lejos, el tiempo parecía desacelerar durante la última milla, y mi expectación por el final estaba en su punto máximo.

Hube mucho tiempo para que mi mente divagara durante mi carrera de 4:40. Fantasías acerca del final ideal llenaban mi cerebro. De primero, consideré hacer una voltereta lateral, pero percibí que probablemente caería y estaría parado indolente. Después pensé en gritar “GOOOOOOOOL” mientras corrí a través del final y ellos llamaron mi nombre y ciudad natal. Recuperé mi ritmo mientras pisaba en la alfombra roja y me aproximaba de las luces y los aficionados aplaudiendo. Música techno llenaba el aire, y crucé la línea en el clásico estilo imperfecto de las películas, con mis brazos para bajo y los ojos cerrados. Ellos percibieron su error y llamaran mi nombre correcto y número luego de haber cruzado la línea. No obstante, “los fines justifican los medios” y alcancé el final. Un voluntario puso una medalla Ironman Brasil en mi cuelo y otra brasileña me envolvido en una toalla. Bia me saludó con besos calientes y busqué comida salada y la tienda de masaje.

Ay ay ay - ¡Soy un Ironman!